Oyó voces y dirigió la mirada al interior de un callejón lleno de niños que jugaban. Una barrera de circulación indicaba que se trataba de un área reservada para juegos y prohibía el paso de coches y camiones. Con los coches, cada vez más coches, con el apetito de categoría social, Bronzini podía advertir que la presión para liberar las calles de niños llegaría a devorar incluso aquellas pequeñas zonas.
Imaginó un trozo de pavimento señalado con tiza que alguien recortara, alzara y enviara cuidadosamente envuelto a algún museo de California en el que compartiera la apacible luz del sol con tallas en mármol de la antigüedad. Dibujo callejero, rayuela, tiza sobre asfalto pavimentado, Bronx, 1951. Pero ya no lo llaman rayuela, ¿verdad? Aquí es patsy o potsy. Es buck-buck, no salto de la rana. Es el escondite: cuentas hasta cien de cinco en cinco y luego te internas por las callejuelas, trepando por los postes y saltando por las vallas y metiendo la cabeza en cubos de carbón para encontrar a las que se esconden.
Bronzini aguardó y siguió mirando.
Niñas jugando a las tabas y saltando a la comba. Chicos jugando al balón prisionero, las canicas y a las chapas. Cinco chavales, cada uno de ellos con el pie en un segmento de círculo, cada segmento señalado con el nombre de un territorio. China, Rusia, África, Francia y México. El chaval que la lleva permanece de pie en el centro del círculo con un balón en la mano y entona lentamente las palabras de aviso: Declaro la guerra a.
Bronzini no tenía coche, no conducía, no quería coche, no necesitaba coche, no lo aceptaría aunque se lo regalaran. Deja de caminara, pensaba, y estás muerto.

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